
El desorden urbano y el fenómeno de El Niño
Docente de la Escuela de Ingeniería Civil
Campus Chiclayo

La lluvia no provoca inundaciones en Chiclayo; nosotros lo inundamos. La ciudad vuelve a experimentar el mismo panorama con una exactitud vergonzosa cada vez que el cielo se rompe: La Victoria sin comunicación, Pimentel observando cómo el agua regresa a los arenales, Balta y Bolognesi inundados y José Leonardo Ortiz cubierto de barro. Atribuimos la culpa a El Niño, pero lo único que hace es cobrar una deuda urbana que no quisimos saldar.
No es una percepción, es un hecho documentado. Según la información del Instituto Nacional de Defensa Civil, el fenómeno de El Niño costero de 2017 causó que más de 9 mil casas resultaran afectadas en Lambayeque, de las cuales 6 mil se derrumbaron y 3 mil no eran aptas para vivir. Se trataba de viviendas construidas con adobe que se desintegraron como azúcar, familias que vivieron en el estadio de JLO durante varios meses y conocimientos que no adquirimos.
El primer desorden es el territorio. Chiclayo se expandió cubriendo sus propias venas. Esta ciudad se ha establecido sobre una red de acequias y drenes que tiene mil años de antigüedad —el Yortuque, el Cois y el Dren 1000—, los cuales transportaban el agua pluvial hacia las pampas de Pimentel y Reque. Durante las últimas dos décadas, hemos parcelado chacras y cerrado esos drenajes con el fin de crear urbanizaciones. El Plan de Desarrollo Urbano y el Plan de Acondicionamiento Territorial 2022-2042 son claros: la ocupación del territorio se ha realizado sin considerar las capacidades y circunstancias de riesgo. Cuando llueve, el agua simplemente sigue el camino que siempre ha tomado.
El segundo trastorno es el más escandaloso: la ciudad de Chiclayo, con una población cercana al millón de personas, carece de un sistema de drenaje pluvial. No es un punto de vista, sino un diagnóstico oficial del mismo PDU: “Chiclayo no tiene un sistema de drenaje pluvial que posibilite la evacuación apropiada del agua de lluvia; por esto, en los años con precipitaciones fuertes, los colectores de alcantarillado absorben el agua de lluvia y provocan la saturación del sistema de desagüe”. El único que tiene su propio sistema de drenaje es el aeropuerto.
Por eso nos asfixia una lluvia de media hora, debido a que el desagüe doméstico, con tuberías que en algunas zonas tienen 50 años de antigüedad, se llena de agua pluvial y colapsa. EPSEL, solo en Chiclayo, recibe entre 300 y 400 reclamaciones semanales por atoros. No es que no haya mantenimiento, sino que le pedimos a un sistema creado para una ciudad de 300 mil habitantes que aguante a una de un millón.
El Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología – SENAMHI, nos informó que esto volverá a suceder y con mayor intensidad. Se reportó en marzo de 2023 que Lambayeque y La Libertad sobrepasaron la marca histórica de lluvia acumulada en un día, con cifras no registradas desde El Niño costero de 2017 y el extraordinario de 1998. Además, alertó que Trujillo, Chiclayo, Sullana y Chimbote serían afectados por lluvias fuertes superiores a lo habitual. Sucedió, y volverá a ocurrir.
En tanto, la solución permanece en los expedientes. La consultora TYPSA y la ARCC estaban a cargo del diseño completo del drenaje pluvial para Chiclayo, José Leonardo Ortiz, La Victoria y Pimentel. En 2023, este proyecto solo había progresado un 30 % y se esperaba que, con una inversión de 920 millones de soles y el objetivo de beneficiar a 300 mil personas, comenzara en 2025. En otras palabras, como lo tituló el diario La República en su momento, enfrentamos la época de lluvias de 2023 y 2024 sin drenaje.
Pero el desorden no es solo del Estado. Es nuestro. El PDU es letra muerta si cada vecino levanta su vereda 20 centímetros más que la del otro para que no le entre el agua, si tapamos la acequia para ampliar la cochera o si arrojamos desmonte y basura al Dren 2000. Hemos privatizado la solución y colectivizado el desastre.
El Niño no es un fenómeno que no se pueda prever. Es cíclico, cuantificable y el SENAMHI lo notifica con meses de antelación. Lo inesperado es que Chiclayo continúe apoyándose en la improvisación.
¿Qué necesitamos? Tres decisiones no populares. Primero, clausurar de inmediato la frontera urbana. No se permitirán más habilitaciones en la faja marginal del río Chancay-Lambayeque ni en los drenajes. En segundo lugar, exigir la implementación completa e inmediata del drenaje pluvial, no por secciones ni para las fotos, incluyendo sus 154 kilómetros de colectores, sus estaciones de bombeo y sus tanques de retención. Además, auditarlo cuadra por cuadra. Tercero, cultura y castigos reales. Un dren no es un lugar para tirar basura. Una vereda no es un muro de retención.
Chiclayo no requiere que la lluvia se detenga; requiere que deje de ser desordenada. Porque El Niño regresará —y lo hará—, pero no nos consultará si hemos terminado el expediente. Nos va a encontrar tal como estamos: sin drenaje, con la basura en la acequia y con el agua hasta la puerta.