
Cuando los adolescentes se pasan de la raya
Docente de la Escuela de Psicología
Campus Chiclayo

Analizar la conducta individual representa un desafío en sí mismo. Ahora, la dificultad crece con lo complejo que resulta estudiar a un grupo de adolescentes que cruzan la línea, al compás que participan, observan y permiten. Entonces, corresponde atravesar la indignación e intentar responder la inevitable pregunta: ¿qué hace el grupo en el individuo para que aquello que, personalmente, considera una transgresión inaceptable pueda, en colectivo, ser ejecutado, celebrado y tolerado?
Desde la psicología científica emerge la tarea que exige revisión permanente. ¿Qué tiene que decir la ciencia del comportamiento respecto a la construcción de la conducta violenta? ¿Qué la puede convertir en admisible y creciente dentro de un grupo, incluso a niveles como los que son de conocimiento público respecto a una presunta agresión sexual contra un adolescente, en la que participaron varios de sus compañeros? Desde estas líneas se intenta reparar en hallazgos explicativos y necesarios, lejos de pretender una justificación de lo acontecido.
La perspectiva que soporta este trabajo se ocupará de lo que sucede entre los adolescentes, en sus interacciones, la impronta interpersonal frecuente en su comunicación que conlleva comportamientos graves. No se trata de olvidar al individuo, sino de priorizar el análisis de la ecología del riesgo a la que un grupo puede estar expuesto y, desde ahí, ojalá, contribuir a advertirlos, prevenirlos y abordarlos.
En primer lugar, atender al rol capital de la presión del grupo e ir más allá; es decir, la presión tiene un peso limitado porque los adolescentes continúan teniendo voluntad y discernimiento. ¿Hay un sustento? Sí. Psychological Bulletin publicó un metaanálisis que escudriñó los resultados de sesenta investigaciones internacionales y, sustentado en una observación longitudinal, concluyó que el actuar de los pares sí puede predecir el comportamiento posterior de niños y adolescentes, con un efecto promedio pequeño o de baja magnitud. Esto es, los compañeros de grupo son importantes, pero no definen automáticamente lo que corresponde hacer.
Otro metaanálisis presentado en 2026, que recogió los resultados de 79 investigaciones de corte experimental, con más de 9500 personas como participantes, aporta una ladera peculiarmente reveladora: las reglas transmitidas, lo que los pares comunican, tienen especial poder en la dirección del comportamiento de los integrantes del grupo; claro que esta comunicación es lo que el grupo demuestra, sostiene, defiende y hace parecer como normal, incluso sin presencia de alguno de sus integrantes.
Esta diferencia invita a dirigir la reflexión respecto a lo que el grupo de adolescentes sostenidamente venía aprobando en su seno cotidiano: ¿qué era celebrado y reconocido?, ¿qué conductas se rechazaban?, ¿qué comportamientos adquirieron paulatinamente el estatus de “permitido”, de “pase libre para ejecutar”?
Las normas que imperan en los grupos no se pronuncian necesariamente, no se redactan o se codifican explícitamente. Se refuerzan con una sonrisa que se convierte en carcajada, en mutismos que se interpretan como un “siga usted”; el “copia y reproduce” también afirma y la falta de confrontación precipita la regularización de un comportamiento inicialmente excepcional o inadecuado.
¿Y la moral? Al parecer, un hecho singular como el que analizamos en estas líneas, encolumnado con la identidad sostenida del grupo, puede desplazar los valores individuales y darle vía a la violencia colectiva.
Otros investigadores y teóricos de los procesos de violencia en grupo, desde una mirada sociocognitiva, apelan al concepto de “desconexión moral”, un fenómeno que consiste en la disminución temporal de la autocensura ante comportamientos específicos imperantes en el colectivo, que normalmente no es laxa en el cotidiano comportamiento individual, regular y característico de las personas antes de involucrarse e identificarse con el grupo.
La psicología social cognitiva ofrece otro concepto especialmente útil para comprender este proceso: la desconexión moral, desarrollada por Albert Bandura. Las personas normalmente poseemos estándares que regulan nuestra conducta y producen autocensura cuando estamos a punto de vulnerarlos. Sin embargo, podemos activar mecanismos psicológicos que disminuyen temporalmente esa autocensura.
No se trata de levantar banderas que alienten la violencia de manera explícita. En ocasiones, solo se precisa hacerla pasar como leve, llevable:
- “Fue en son de broma”
- “No es para tanto”
- “Todos lo hacen”
- “Yo solo miraba”
- “¡Exageras!”
En estas expresiones se agolpan mecanismos de adjudicación de responsabilidad al agredido, dispersión de la responsabilidad, desplazamiento o minimización de las consecuencias.
Hacia el 2023, se reportó evidencia científica sobre este fenómeno en grupo. Un metaanálisis estudió los resultados de 157 estudios y 118 501 jóvenes, y llegó a la conclusión de que existe una consistente relación entre la desconexión moral y los diversos comportamientos transgresores.
No obstante, el tratamiento de esta información debe ser responsable y dejar claro que explicar no significa justificar la agresión. Aceptar que los grupos pueden encaminar el comportamiento de los individuos no elimina sus capacidades de discernimiento; reconocer que la responsabilidad puede dispersarse entre los miembros del grupo no implica que no existan agresores. Justamente, puesto que cada integrante gestiona individualmente sus emociones y puede acceder al sentido de lo correcto.
Sigue siendo importante mirar al grupo, que suele repartir la responsabilidad cuando en su seno se ejecuta una conducta agresiva en cualquiera de sus presentaciones. Agresividad que es estimulada y crece más allá de los límites porque se instala una idea que le abre las puertas: “no solo fui yo quien participó”. Así se afirma peligrosamente el escalamiento de la violencia.
Las investigaciones respecto a agresiones sexuales realizadas por varios participantes sugieren estudiar la naturaleza del contexto, la cultura del grupo y la individualidad con el mismo rigor. Ampliar la mirada a estos frentes describe patrones característicos de la dinámica “estándar” de la violencia que ha venido manifestándose entre los integrantes del colectivo. Ahora, que exista una agresión sexual no implica una causa exclusivamente sexual. Estudios de corte multifactorial asocian el comportamiento sexualizado con la demostración de poder, dominación, humillación y sometimiento.
La valoración descrita es vital para direccionar esfuerzos preventivos. Es decir, sí es indispensable hacer labor educativa individual: piensa antes de actuar, respeta, controla tus impulsos, no agredas, etc. Empero, hay que revisar el tratamiento que se les da a los grupos y su formación para contener cuando arrecia la posibilidad de cruzar los límites. Valdrá la pena, entonces, interiorizar: esto está mal, así mis mejores amigos lo festejen; yo no participo, soy capaz de advertir la degeneración en violencia dentro de mi grupo.
Los otros actores también deben movilizarse. Padres, docentes, entrenadores, profesionales e instituciones están llamados a apuntalar la clase de relaciones que deben primar entre pares y en los diferentes colectivos. Todos debemos fomentar una ecología protectora y barreras contenedoras frente a la violencia.
Así pues, un acontecimiento doloroso como el que la sociedad peruana viene asimilando debe reavivar una cultura de resistencia a las imposiciones de los grupos cuando estas sugieren la traición de los valores personales que regularmente caracterizan a la persona.
