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Cuando dejamos de escuchar, también dejamos de prevenir

Por: Dra. Iveth Flores Flores
Coordinadora de la Escuela de Psicología
Campus Chimbote
septiembre 22, 2026
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La violencia en la adolescencia y el llamado urgente a la prevención psicológica.

Nuestra sociedad atraviesa una preocupante pérdida de sensibilidad y de humanidad. Un reciente caso ocurrido en la capital nos confronta con una realidad que no podemos mirar únicamente desde la indignación del momento. Como psicóloga, considero que debemos hacernos preguntas que van más allá del hecho puntual: ¿cuántas historias permanecen en silencio? ¿cuántos niños y adolescentes atraviesan situaciones que no logran expresar? ¿cuántas señales de alerta estamos dejando pasar? No podemos normalizar la violencia ni esperar a que ocurra una tragedia para preguntarnos qué pudimos haber hecho antes.

La psicología tiene aquí una responsabilidad fundamental, y esta no se limita a intervenir cuando el daño ya está hecho. Nuestra labor empieza mucho antes: prevenir, escuchar, observar, detectar señales de alerta, orientar y acompañar. La evidencia científica confirma que la violencia entre adolescentes es un fenómeno complejo y multidimensional, asociado a factores de salud mental, escolares, familiares, psicosociales e individuales (Yataco Vargas, 2021). Esto nos obliga a dejar de mirar la violencia desde una sola perspectiva: no existe una única explicación para una conducta violenta ni un único responsable de prevenirla.

Esta reflexión encuentra respaldo en la producción académica desarrollada en nuestra propia realidad local. Investigaciones realizadas en Chimbote y Nuevo Chimbote han encontrado, entre otros hallazgos, una relación directa entre los estilos de crianza basados en coerción y la agresividad en adolescentes (López Sánchez, 2015), una asociación negativa entre el acoso escolar y la autoestima (Pajuelo Flores, 2017) y una relación significativa entre la violencia familiar y la depresión (Bautista Roncal & Wollmann Bernuy, 2024). Estos hallazgos nos invitan a repensar la crianza —no como responsabilidad exclusiva de la familia, sino como parte de una prevención integral— y nos recuerdan que, detrás de un niño o adolescente que vive violencia, no siempre podremos observar de inmediato sus consecuencias: algunos se aislarán, otros presentarán dificultades académicas o ansiedad, y otros simplemente aprenderán a guardar silencio.

Por ello, la psicología educativa no debería ser convocada únicamente cuando existe una crisis: debe formar parte de una estrategia institucional permanente de prevención y protección. Esto significa desarrollar habilidades socioemocionales, fortalecer la convivencia, trabajar con las familias, generar canales seguros de comunicación y garantizar que estudiantes, docentes y padres sepan dónde acudir cuando algo no está bien. En Chimbote existe además producción investigativa orientada a diseñar propuestas de intervención que fortalezcan conductas adaptativas en los estudiantes (Vivar Herrera, 2021), lo que demuestra que la investigación psicológica local no solo describe problemas, sino que también genera alternativas concretas de cambio.

No debemos acostumbrarnos, como sociedad, a reaccionar solo cuando una situación se convierte en noticia. Necesitamos preguntarnos qué estamos haciendo antes: antes del bullying, antes de la violencia, antes del silencio, antes de que un adolescente sienta que no tiene a quién acudir. La prevención de la violencia no puede descansar exclusivamente en la familia o en la escuela; es una responsabilidad compartida, donde la psicología puede y debe contribuir a identificar factores de riesgo, fortalecer factores protectores y acompañar a las víctimas evitando la revictimización.

Frente a lo que hoy estamos viviendo, mi llamado es claro: apostemos por la buena crianza, por la educación emocional, por la salud mental y por el bienestar psicológico. Que las autoridades y las instituciones fortalezcan verdaderamente las acciones de prevención, y que la psicología tenga un lugar permanente, no solamente reactivo. Aprendamos a escuchar antes de juzgar e intervenir antes de lamentar: nuestros niños y jóvenes necesitan sentirse protegidos, escuchados y valorados, porque la prevención también es una forma de cuidar la vida.

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